lunes 4 de febrero de 2008

Menester Culinario

Todos sentimos placer al sentarnos, como dice mi papá, con los pies bajo la mesa y darnos cuenta que tenemos frente a nosotros un delicioso plato de comida. Organizado, porque como bien dicen por ahí "la comida entra por los ojos". Calientico, con esa delgada línea de humo que sube hasta desaparecer en el aire indicándonos que está justo a la temperatura adecuada. Aromático, al punto de hacernos agua la boca y sin haber probado bocado ya hemos comenzado a degustarlo. Reflejo condicionado ante semejante seducción sensorial tomamos el cubierto y llevamos a la boca el primer bocado. ¡La Gloria! Pero espera, ¡detente! ¿Tienes alguna idea de como se preparó eso que comes?

Así es, nunca nos preocupamos por eso, para mí la cocina siempre fue una cuestión que no era de mi incumbencia y mucho menos de interés. Alguien la cocinaba y yo me la comía. Y así fue hasta el día que me fui de mi casa y me vi en la necesidad de cocinar mi propio plato de comida. Al principio fue sencillo. Un bistec y listo. Nada de contornos. ¿Ensuciar más peroles? Para eso no. En tal caso más de un bistec para calmar el hambre y ya. Ni pensar en poner la mesa, “como parado y listo”, pensaba. Si acaso un banquito y ahí mismo en el borde de la cocina. Si alguna vez me aventuraba a preparar algún contorno, el arroz no era una opción. Siempre quedaba “masaclotudo” y la sazón era un desastre, y tomarme la molestia de cocinar un plátano pues muchísimo menos, así que todo quedó solucionado cuando a mi lista de mercado se incluyeron los famosos ¡puré de sobrecitos! ¡Ja! Una maravilla de la modernidad que reproduce el sabor de un puré de papas con la simplicidad de una comida de sobre, mandado a hacer para mí.

Y así estuve un par de años, el bistec podía ya cambiar por una milanesa de pollo y en alguna ocasión por una chuleta de cochino. Pero con el pasar del tiempo comer siempre los mismos tres platos se volvió mi karma, y comencé entonces a extrañar el buen plato de comida, sentado, con los pies bajo la mesa.

Mi primer experimento fue “puyar” una salsa napolitana que me enseñó a hacer una italiana dueña de la residencia donde solía vivir. Lo primero que hice fue agregarle carne. Gran invento: ¡La salsa boloñesa! Luego le puse pollo, para convertirla en una salsa cruzada. Terminé poniéndole papas, maíz, zanahoria, ají dulce y picante, fideitos chinos, y… pare de contar. Así degeneró en lo que un primo una vez, maleteado de su casa muy acertadamente bautizó “plasticho”. Un nombre que describe bastante bien el particular aspecto del plato.

Comencé entonces a buscar cambiar la sazón del repetido bistec, pollo y cochino. Empecé a jugar con condimentos que siempre había visto en la despensa pero nunca me había preocupado si quiera por olerlos. Curry, tomillo, estragón, albahaca, jengibre, canela, salsas y especias chinas, picantes raros y poco a poco después de mucho ensayo y error aprendí a utilizarlos y a saber que pega con que.

En ocasiones cuando me reúno con mis amigos cocino un ovejo a la parrilla que me enseñó a hacer mi papá hace algún tiempo. Siempre gusta bastante, si no me creen pregúntenle a Salvador y a Juan Diego, que son los primeritos en pedírmelo. Pero yo con ojo de autocrítica confieso que no he logrado igualar el de mi padre todavía. Luego, después de un par de intentos fallidos, aprendí a comer sushi, y le pedí a mi Tía que me enseñara a prepararlos. Aprendí y sigo aprendiendo. Cada vez que los hago me quedan mejor, así me dicen todos, y para cerciorarme siempre está ahí Piri, en cuyo paladar confío plenamente porque después de odiarlos las primeras veces se volvió adicta según me dice.

Estos dos platos se han convertido en una excusa segura cada vez que voy a Barquisimeto para reunirme con los amigos más cercanos y disfrutar del momento mientras perfecciono la técnica. Pero esto no es cocinar, esto es cocina social, si tal cosa existe. Al volver a mis oficios en Caracas me enfrento nuevamente al karma. Tratando de encontrarle una solución a esto fue que me tomé la libertad de agarrar las viejas recetas de mi mamá y comenzar a experimentar con ellas, ya saben, un poquito más de esto, un poquito menos de aquello, poniéndole ese toque personal que hace de la cocina, un arte.

Sin pretensiones de Ángel Lozano o Sumito Estévez se me ocurrió publicar aquí lo que en mi cocina (o bueno, literalmente la cocina de mis tíos) invento y con lo que experimento. Inspirado por Vero que sin saberlo me dio la idea cuando por primera vez me envió un correo invitándome a leer sus excelentes cuentos.

Así pues nace esto que he bautizado “Menester Culinario”. Una necesidad por diversificar mi comida y con la esperanza de que tal vez a alguno de ustedes le sea de utilidad en alguna ocasión.

Que lo disfruten y ¡Buen Provecho!

.....................................................Daniel Cordido.

..........................A los veintiséis días del mes de enero de 2008.